arte

 

Echando la vista atrás, mi proceso creativo va sufriendo cambios paulatinamente, constituyéndose como un “mapa” de mi propio proceso vital. Estos pasos coinciden con la Ley anunciada por Jorge Oteiza  (“Ley de los cambios”), si bien, mi proceso creativo desemboca en entender el arte como una herramienta para poder situarme en el presente (aquí y ahora) ayudándome a ser consciente de estas transformaciones que se producen en mí y sobre todo, a mantenerme receptivo y sensible. Y el arteterapia (profesión que desempeño) es el instrumento que me permite “desembocar en la vida con una imaginación instantánea como servicio publico desde la sensibilidad” (Oteiza, J., 1994).

Comienzo con una pintura muy expresiva, en la que el color es clave fundamental para conseguir que el cuadro grite y “haga despertar-me” la emoción; y muy narrativa, describiendo experiencias y paisajes que observo a mi alrededor. Lo externo está muy presente en mi obra, representado con una mirada interna, y tal vez con la necesidad de gritar: ¡estoy aquí!, ¡estoy aquí!…

No sé cuando ocurre, pero en algún momento me tropiezo con el azar…quizás sucede cuando me doy cuenta que necesito mirar hacia lo externo con otra Mirada, con esa forma de Mirar “de quien lo hace por primera vez”. Quiero encontrar la sorpresa, la chispa, esa primera vez imposible ya de alcanzar y el azar es la forma que me permite acceder por un instante a lo que Lacan denomina “la Cosa”.

Desde entonces el azar es la senda que me conduce a esta chispa…

Para familiarizarme con este azar, empiezo a pintar de una forma más automática, intentando utilizar arbitrariamente un color u otro, realizando grandes campos de color que se entrecruzan, para después de esta actividad “sin control”, separarme del soporte y observarlo. Lo que primero me dice el cuadro, la primera forma que aparece es la que iré componiendo a base de quitar y añadir pintura. Así van apareciendo figuras inesperadas del fondo de la pintura como por casualidad… Jorge Oteiza  afirma que “el resultado debe aparecer siempre como algo imprevisto y que proporciona a esta operación creadora, eficacia rapidísima, solución inmediata y revolucionaria”.

Me divierte este juego en el que el cuadro pasa a ser una adivinanza, un acertijo…como cuando de niños jugábamos a descubrir elefantes en las nubes o caras en las bovedillas del techo de esa casa vieja.

“Mi arte hace que vea de nuevo lo que está ahí, y en ese sentido estoy redescubriendo al niño que llevo en mi interior. En el pasado me he sentido incómodo cuando mi obra se relacionaba con niños, porque quizá implicaba que lo que hago no es sino un juego. Sin embargo, ahora que tengo hijos y he visto la intensidad con que descubren las cosas mediante el juego, he incorporado este aspecto a mi trabajo”. (Goldsworthy, A., 2007)

Si nos acercamos al arte desde el psicoanálisis, es interesante observar la coincidencia a la que llegan distintos autores y algunos artistas que se han dedicado a escribir y teorizar sobre el proceso artístico. A sabiendas de que no se puede simplificar el pensamiento psicoanalítico y que el estudio del arte sugiere numerosas dudas que no pueden ser aclaradas, el arte parece ser creado para transformar o eludir la frustración del mundo exterior, constituyéndose como una solución a la angustia que se siente por razones muy diversas.

Los motivos de este sufrimiento son los que diferencian a las numerosas teorías psicoanalíticas, pero todas ellas coinciden en que la imaginación y el juego van unidos desde la temprana infancia. De esta forma, se podría explicar la función del arte, simplificándola, refiriéndonos a la función del juego y de la imaginación en el niño.

Más tarde descubro el collage.

Pegar papeles de colores y telas en el lienzo me ofrece la posibilidad de escapar un poco más al control que mi mente puede ejercer sobre las pinceladas.

Y aparecen las texturas.

Y con las texturas… los objetos.

Comienzo a utilizar materiales de deshecho para construir mis piezas que, ¿se pueden llamar cuadros?… utilizo objetos que me voy encontrando, deshechos que la mayoría de nosotros tiramos a la escombrera, arrojamos al monte, en el asfalto de cualquier ciudad.

Son objetos que me dicen algo por su forma; por su color, por el mismo material con que están formados…pero lo que más me interesa de ellos es la huella que deja el paso del tiempo:

hierros oxidados

puertas con la pintura desconchada

maderas que el río o el mar abandonan en sus orillas

los trapos que yo mismo utilizo para limpiar los pinceles

palés de construcción expuestos a la lluvia y al viento que pierden su color…

No utilizo la “basura” para denunciar nuestro afán de acumulación, porque soy un potencial aprovisionador, ni tampoco para llamar la atención sobre nuestro medio ambiente. Aunque quizás estas ideas estén de alguna forma implícitas. Me siento atraído por estos objetos por su condición de ser deshechos; basura; de estar olvidados; por la acción del paso del tiempo en ellos…hay algo por lo que se me hacen irresistibles…

Cuando de niño me compraban ropa nueva, siempre deseaba que se hiciera vieja rápidamente. Detrás de lo gastado, siempre hay una historia…

Así que mi trabajo consiste en pasear y traerme al taller estas historias olvidadas disfrazadas de objetos. Únicamente los sedimento en un soporte, día tras día, para al de un rato erosionarlos de nuevo; y volver a unirlos otra vez.

Es como construir un diario…al principio pensaba que era el “cuadro” quien me decía que ya quería estar finalizado, pero con el tiempo sé que soy yo quien quiere dar por terminada una obra y comenzar otra. Algo dentro de mí también acaba sedimentándose.

Concedo tanta importancia al proceso creativo como al resultado en sí. Al final de todo, lo que me permite decidir; plantearme preguntas y encontrar respuestas; situarme en el presente (lo que realizo es lo que Es)…es el propio acto de crear con la responsabilidad que ello conlleva.

La obra como resultado va pasando a un segundo plano.

Esto me ayuda a no tener que vender mi obra para lograr una satisfacción, librando una batalla contra la pretensión de vender mi trabajo para continuar creando con ilusión. Encuentro en el proceso creativo, en el juego de crear, una actividad que me permite ser consciente del “aquí y ahora”, adaptarme a las circunstancias presentes, y como consecuencia, estar más despierto y equilibrado. Me siento más ligero si mi proceso creativo tiene una continuidad.

En este sentido surge la posibilidad de realizar obras en directo, mostrando mi proceso creativo directamente a un público…

Cuando me encontraba algo en el monte pensaba que era una escultura en sí misma, pero siempre acababa por transformarla…y ahora me doy cuenta de que intento cada vez más no interferir en la vida de los objetos. Tal vez me este apagando para darle voz al deshecho que un día olvidamos y enmudecimos…                               

Me apego fácilmente a cualquier objeto y llega un momento en que transformo mi taller en un gran almacén de cachivaches.

Y al no poder entrar yo, tengo que salir fuera…                                                                                                            

¿Qué necesidad tengo de traerme hasta el taller diez kilos de pequeñas piedras erosionadas desde Cala San Pedro en el Cabo de Gata? ¿o todas las latas que me encuentro oxidadas en un paseo por la Sierra de Lokiz? ¿no es jugar con estos materiales, más que acumularlos, lo que busco?

Y me replanteé mi afán de acumular, mi apego a estos objetos, mi gula…

Si me gusta lo que me encuentro, puedo hacer algo con ello “in situ”, una escultura efímera, frágil y dejarla ahí…basta con fotografiarla y documentarla para no tener que llevarme nada hasta el taller. Pocas veces he sido tan práctico…aunque me cuesta lo mío. El desapegarme es un trabajo difícil y costoso.

A veces basta con ensamblar los materiales, otras, simplemente con reordenarlos…

Y documentarlos.  Pueden ser recuerdos de ese momento, de ese paseo; de cómo me encontraba yo ese día…un diario formado por deshechos.

El azar es encontrarme con la sorpresa, estar abierto a un sin fin de posibilidades, logrando experimentar y ejercitar una imaginación cada vez más instantánea…es un proceso de adaptación que me ayuda a abrir mi limitado campo de visión…es un juego. Es el juego del bertsolari hecho escultura o imagen.

Lo efímero, lo frágil, lo temporal me regala la posibilidad de ser consciente de mis límites, a la vez que me obliga a dar más importancia al presente, a cada momento.

Y a desapegarme, permitiéndome tomar distancia de aquello que me produce sufrimiento…

Paralelamente a estas obras realizadas fuera del taller, mi proceso creativo se centra en pequeños ejercicios plásticos limitados en cuanto al tiempo de ejecución (2 horas máximo) y al espacio (pequeño formato), cuyo objetivo es intentar plasmar cómo me encuentro en ese determinado momento, fijarlo en un soporte y tomar distancia. El Arte es la herramienta que me ayuda a aligerar el peso de mi mochila. Continúa siendo un juego que me permite relativizar lo que ocurre dentro de mí y tomar distancia, observando que todo cambia.

Utilizo el Arte como una herramienta que me ayuda a ser receptivo y sensible a estos cambios, incluso adaptarme a ellos y a aceptarlos. En estos momentos, creo fundamental hacer hincapié en la función práctica y social de la creatividad como herramienta de conocimiento, y no de ocio y consumo.

Aunque pueda parecerlo, mi proceso creativo no constituye un movimiento lineal, no es más, a veces tengo la impresión de haber pasado ya por este lugar, por este momento… y a través de las diferentes técnicas lo puedo observar con diferente perspectiva. Creo más bien que este desarrollo tiene forma de espiral…

Así pues, entiendo las diferentes técnicas que podemos encontrar en el Arte (fotografía, video, pintura, escultura, dibujo, performance,…) como los distintos lugares desde los cuales poder observarme y observar…como los diferentes caminos por los que poder transitar, dependiendo de cómo me encuentre en ese momento…con total libertad para saltar de uno a otro.

Por eso el Arte me proporciona la sensación de “como si fuera la primera vez“, manteniendome la “chispa” encendida para poder acercarme a lo que me rodea y a mi interior con otra mirada más curiosa.

Quizás el Arte sea el vehiculo para poder viajar a lugares diferentes sin tener que moverme de dónde me encuentro…

Constituyendose como una busqueda que a veces aligera el peso de la mochila y otras, en cambio, la hace más pesada…

¡Qué jodido! ¡con lo bien que estaba yo en el regazo de mi madre!

Espero que os guste…

 

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